viernes, 25 de febrero de 2011

Raquel Mussolini: Benito, mi hombre

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Confío a este volumen los más entrañables recuerdos de mi vida de esposa y de madre. En ellos evoqué los acontecimientos más felices y más tristes; he descrito el carácter y las costumbres de mi esposo y de mis hijos, recopilé lejanos recuerdos de nuestra intimidad familiar. Ha sido muy doloroso para mí, en muchas ocasiones, revivir el pasado; pero también, a veces, en esta incursión retrospectiva, experimenté un indecible consuelo. En los treinta y seis años que viví al lado de Benito, permanecí en la sombra, cuidando de mi hogar. Por ello, al trazar el retrato de Mussolini, me he limitado a hablar del hombre que el destino me tenía reservado como compañero, del padre de mis cinco hijos.
Transcurren los días que ahora vivo dedicándole un acendrado recuerdo, ya recobrada la paz del espíritu ahora que, al cabo de doce años, sus restos mortales reposan junto a los de Bruno, en el cementerio de San Cassiano. Larga y agotadora fué la espera, y su retorno a Predappio —sin féretro, sin una sencilla cruz— fué muy distinto al por mí ansiado. Empero, nadie puede arrebatarme, ahora, el inmenso consuelo de arrodillarme junto a Benito para llorar y perdonar. Pero quisiera que otras muchísimas mujeres pudiesen tener, como yo, el consuelo de orar sobre las tumbas de los seres queridos de los que, hasta ahora, ignoran dónde recibieron sepultura. En efecto, todos los caídos tienen derecho a una tumba, pues todos creíanse asistidos de razón y sentían amor entrañable por la Patria. La muerte borra todos los matices políticos; sólo deja los sufrimientos a quienes seguimos viviendo.
RAQUEL MUSSOLINI Roma, diciembre de 1957.

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