sábado, 12 de enero de 2013

ADOLFO HITLER: CONVERSACIONES SOBRE LA GUERRA Y LA PAZ

 
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 1945. La ultima primavera. Densas nubes de polvo gris se arrastran sobre el patio de la cancillería. Cerca la artillería soviética lanza sus bramidos como un monstruoso animal apresado que se agarra desesperadamente a la tierra. El viento de fines de abril no trae el sabor húmedo, gozoso y excitante de la primavera; trae un olor acre a tierra y humo. Un instante de calma. Por una pequeña puerta rectangular asoma al exterior una figura delgada, uniformada entre las solapas alzadas como para protegerse del frió del invierno, y la visera negra, emergen la nariz pálida y larga y el decaído bigotito oscuro. Los ojos no se ven. Alrededor, todo son cascotes, piedras rotas, trozos de mármol y cemento. El polvo se va depositando sobre un paisaje atormentado, como el lento descender de una música que concluye. De pronto la artillería brama de nuevo, y la figura uniformada se estremece.¡Extraño privilegio! Desde hace siglos Alemania cae y se levanta, transida e iluminada, como una caricatura de Saulo en el camino de Damasco. Pero los hombres que vieron el Reich de Federico Barbarroja no supieron nunca nada de la caída de Alemania en el año de Westfalia. La generación de Federico el Grande no llego a conocer el hundimiento de Alemania bajo el embate de Napoleón. Bismarck, Ranke o Treitschke no supieron jamas como acabaría el imperio de los Hohenzollern. ¡Extraño privilegio! Adolf Hitler lo ha visto ya todo.

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